Las grandes
figuran caben en la vida cotidiana de uno en todo momento; se asocian a
instancias particulares en las que podemos adjudicarles alguna canción, o bien,
reconocer una etapa de la vida sonorizada por algún álbum. Por ello, la
instancia de espera previa a Blur en la nueva Ciudad del Rock (ex Parque de la
Ciudad) se cargó de una densidad emocional que mantenía a más de uno en un
estado de falsa serenidad. Apenas unos escuetos aplausos de respeto para Café
Tacvba y que permitieron descomprimir la postura rígida y tensa de espera
porque ya se venía el momento clave.
“El primero que
pega, pega dos veces” es un dicho recurrente en las peleas que la banda de
Colchester supo aplicar sin piedad con “Boys and girls”, romper ese tiempo y
espacio de distancia y entender definitivamente que ver a Blur era más que una
realidad. Así continuaron los ingleses, al desacartonar cuerpos que aún se
mantenían prudentes para deshacer nuestros espíritus con “Popscene”. El
fotograma que impacta en la pupila es ver a un Damon Albarn recorriendo el
escenario de punta a punta, a Graham Coxon en estado de éxtasis de descontrol y
la contundencia de Dave Rowntree y Alex James.
Estos instantes
que Blur regaló a su público, invitaron a atravesar cada una de las mesetas que
formaron parte de este recorrido y que adquieren una significación emocional aún
mayor en esta gira de reunión. Desde sus inicios con “There’s no other way”
tomando su faceta más pop con en Parklife, los ingleses centraron su show en un
repertorio mucho más profundo e intenso que tuvo como epicentro su sexto disco
13 (1999). Sin dudas, una apuesta arriesgada que supo conciliar diferentes
momentos dentro de la vorágine del rock inglés de los noventa con sus pujas
comerciales, sus victorias, sus derrotas, sus peleas y sus reconciliaciones. El
documental No Distance Left to Run señala un camino y construye un sentido de
concebir una banda de rock luego de una ruptura. Por ello, a pesar de los exitosos
proyectos alternativos de Albarn, se pudo observar en el escenario que existen
condiciones trascendentales que mantienen unida a la banda.
Una de las
delicias de la noche: la aparición de Phil Daniels, leyenda viviente de la gran
película Quadrophenia de The Who, quien se encargó de arengar al público con
ese acento de reo y multiplicar la fuerza de la marea humana con sus líneas de
Parklife, mientras Albarn se correteaba la vida en el medio del escenario. La
euforia está intacta. El sector campo siempre se mostró exaltado durante cada
pieza que la banda interpretaba y encontraba un dulce reposo durante las líneas
oníricas en el que Blur se sumergió con “Caramel”, “Trimm Trabb” y “Tender” con
el merecido homenaje a Lou Reed, padre de bandas y escenas musicales.
Realmente, fue
necesario un espacio de reposo para aminorar por unos instantes esa euforia pop,
en el que la banda se metió de lleno en sus profundidades. De manera íntima y
suave, Blur desplegó un sonido sensiblemente experimental en esos tramos de su
disco 13, líneas musicales que quizás
hayan sido necesarias evocar para involucrar a su público en esa dinámica de
amor y odio que puede existir en un banda, irritaciones, la resaca post brit
pop, desencuentros y partidas. Un infierno sugerente.
Ese suave y tenue
loop de teclado en “Caramel”, tan reiterativo como un mantra, resuena en los
pensamientos y permite establecer una conexión con la propia historia de la
banda: de a poco y en dosis de goteo,el tiempo le concedió el aura que envuelve
a las bandas que logran trascender, más allá de una década tan significativa
como fueron los noventa en el Reino Unido.. Esta reunión de la banda los mostró
felices, muy aferrados entre sí con sus virtudes y miserias. También, abajo del
escenario, las caras insinuaron siempre expresiones de felicidad y satisfacción
porque, 14 años después, el sueño se cumplió.
Nota publicada en ULTRABRIT # 6