27 de octubre de 2012

Suede en Argentina: el lado glam del Britpop

Con poca publicidad y para un círculo cerrado Suede hizo gala de toda su elegancia musical desplegando pasajes sublimes de la épica glam de los noventa ante una Vorterix colmado pero selecto por el alto valor de sus entradas. ¿Acaso esta fantástica banda no podía haber hecho su primer porteño en algún espacio más grande? Un gran interrogante resuelto por el transcurso de una hora y media de show en el que Brett Anderson se mantuvo de espalda a las luces y bien cerca de su público eufórico que contenía cada una de sus contracciones oníricas.


Los amantes del Britpop se encontraron en el momento indicado para poder rememorar una de las bandas más importantes de Inglaterra de principios de los noventa; la punta de un iceberg que fue este auge de bandas que sacaron del baúl de la historia las mejores melodías y pasajes musicales de varias décadas de rock británico. En Suede no hubo un Ziggy Stadust pero sí un joven andrógino que según el documental Live Forever, le devolvió el orgullo a una nación desquebrajada de la mano de hierro de Thatcher. Por supuesto, que lo hermanos de Manchester dieron todo lo demás con la estampida de Oasis. Otra historia.
Con la propuesta de recorrer su trayectoria sin presentar ningún disco nuevo sino todos en Buenos Aires, Suede se presentó con “Introducing the band” para establecer un contacto pasional y eufórico por la respuesta de un público pasional (como siempre) que hizo los coros e incluso llegó a tapar al propio Anderson o tarareó alguno de los riffs de la guitarra de Richard Oakes. Claro está que este fue el mejor cierre, insisto muy decadentemente exclusivo, para un Pepsi Music mal organizado y con más anécdotas acerca de su organización que de los momentos rockeros.
De aquel primer disco The London Suede (1993) hasta la actualidad pareciera que el sonido se hubiese mantenido protegido de la corrosión del tiempo con una voz fantástica que supo soportar los desgarramientos de temas como “She”, “We are the pigs”, “The Drowners” o “So young”, momento en el que Vorterix se convirtió en una gran caldera de nostalgia. De esta forma, Suede brindó una performance equilibrada entre la distorsión de su guitarra que tuvo un sonido fiel excelente a cada canción y los teclados de Neil Codling que facilitaron la fuga de los sentidos en un climax de éxtasis.
Para dar fin a una hora de gran intensidad, "The Beatiful Ones" generó el momento de gran explosión en el que el público sostuvo los coros como agradecimiento y reclamo para que la banda retornara en los bises y se despidiera con elegante suavidad: “My Dark Star” y “Saturday Night” que cierra el disco Coming up (1997), ideal para un lunes a la noche con delay.


Fotos: Rolling Stone