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| PH Anabella Nolasco |
La banda liderada por Ezra Koenig capitalizó esa
diferencia musical que los aleja de la tradición musical
neoyorquina, al generar una suerte de indie pop que brega por cierta
experimentación al coquetear, por momentos, con ciertos ritmos étnicos.
Por ello, más allá de la etiqueta que, en definitiva,
delimita un sonido novedoso e insípido a la vez, en su puesta en escena pudieron
apreciarse con notoriedad los acertados arreglos de teclado de Rostam
Batmanglij, que completan y dan vida a algunas melodías.
Otro punto a destacar en la performance de los neoyorquinos fue
la autoridad con la que su bajista Chris Baio contuvo esa dosis en gotas de la
fuerza que permitió levantar el show. A lo largo del
escenario y sin excentricidades estéticas, el bajista se dedico a bailar
cada una de las canciones a la par de la contundencia con las que operaba desde
las cuatro cuerdas.
Quizás, con suspicacia, Vampire Weekend se
reservó los momentos más interesantes para el final, luego de
la insoportable Ya Hey, cuando empezó a
sonar Campus y continuaron la exposición de sus virtudes con Oxford Comma,
Giving Up The Gun y la bella Hanna Hunt. Por supuesto, la
existencia de una sobriedad que pareciera intentar desquebrajarse es una promesa
trunca y constante que apenas toca cierto grado de realidad en su despedida con
Walcott.
