Dentro del novedoso abanico de posibilidades que se pudo
apreciar en la versión argentina de Lollapalooza, a las 16:00,
se generó un fuerte punto magnético en el Main Stage 2 con la salida
arrogante y brutal de Cage The Elephant. Apenas unas miradas funcionaron como
saludo para dedicarse a exprimir su hora con frenesí y
revolver la pasividad del público al echar ruedo con Spiderhead,
de su brillante placa Melophobia (2013).
Este sexteto de Kentucky vaciló muy
poco en intentar lograr empatía con el público local y se
valió de una arrolladora confianza en un setlist de canciones que
desparraman frescura, cierto espíritu garage y unos estribillos
conmovedores. Esta vertiginosidad propuesta desde la guitarra centelleante de
Lincoln Parish se completaba con el carisma de Matt Shultz, quien, en un estado
de posesión similar a los de Iggy Pop, fundió su
consigna de “generar una experiencia real frente a tanta música
plástica” para sumergirse en un abrazo profundo
con su público deslizando su cuerpo entre las masas.
Por ello, en esta segunda vuelta (la primera visita fue en
2011), la banda que, además, logró hacerse de una fecha de los sideshows
del festival, se permitió realizar un concierto compacto y
demoledor que, en poco tiempo, puede dejar exhausta a cualquier alma errante y
curiosa dentro del predio.
Cage The Elephant vino a poner fuerza a una tarde radiante en
el Hipódromo de San Isidro, desde las angustias que pueden
indagarse en algunos temas que recorren su discografía (Cage The
Elephant [2008], Thank You Happy Birhday [2011] y Melophobia [2013])
como las nostalgias y alegrías que tienden a un estado psicodélico
como en Come a little closer.
Este breve set se completó con
Shake Me Down y Sabertooth Tiger
de su primer álbum para finalizar en plena explosión con un Matt
Shultz surfeando sobre una marea humana mientras Brad Schultz hace estallar su
guitarra fuera del escenario. Los estadounidenses fueron contundentes con un
sonido pulido que los identifica y los mantiene en el sendero a la gloria.