El último tramo de este megafestival apuntó a una fecha de tinte más innovador en las diferentes propuestas de las bandas que se presentaron en los diferentes escenarios, pero por sobre todo en el principal donde se lucieron artistas cuyo públicos convivieron de la mejor manera. Una efervescencia que tuvo diferentes picos durante la tarde noche y que culminó que con Las Pastillas del Abuelo para dar cierre a un Cosquin Rock que se transformó en la edición con mayor convocatoria gracias al fin de semana largo de carnaval.
Una fiesta inolvidable que pareció interminable cuando Las Manos de Filippi a media tarde saltó al escenario para arrasar con sus riffs y consignas sociales la mente y los sentidos de aquellos que con serenidad nos acercábamos y asentábamos en el evento para contemplar la vibra rockera potenciada por los aires serranos. De esta forma, plasmado en una serie de imágenes que buscaron retratar el ojo receptor, contemplativo y excitado fue que se llegó a los cuadros en movimiento; idea tomada de una serie de trabajos que el artista norteamericano Andy Warhol llevó adelante durante la década del 60 a partir de diferentes fragmentos de filmaciones.
Sin caer en detalles snobistas y desviando el anclaje en imágenes-movimiento es que a partir de un “clic” contextualizado en una marea de almas en ebullición fue que tuvo lugar esta humilde y sencilla propuesta. Tan solo una mirada, tan singular como plural a su vez, que se sometió a procesos digitales posteriores para agudizar o exacerbar esa sensibilidad de la imagen. Dicotomías de movimientos desde el escenario y del campo de contemplación, luces y oscuridades que alteraban el iris propio para asentarse de manera confusa y turbulenta en la memoria.
El recorrido que ya se comentó en los primeros párrafos se continuó con la presentación de Massacre que a cargo de Walas fuimos inducidos al mundo skater para hacer rodar en nuestra mente la idea del “yo ví a Massacre”, frase fetiche que los mercados hacen culto para promocionar algunos artistas que la historia no los ayudó a prosperar. Liberado el espacio del sonido noventoso nacional por instantes, se abrió lugar la fiesta que más se acomodaba al público presente de la mano de Kapanga para destruir en pogos esa serenidad que dilataba su tiempos de explosión. Sin ser menos y con una casi presencia perfecta en el festival, la banda de Quilmes invitó al escenario a Carli Jiménez, hijo del ícono del cuarteto, para recordar como épica una tarde que ardía con “Me mata”.
Con una cierta sobriedad pero con potencia arrolladora, Molotov trajo su lírica irritada para hostigar los oídos con riffs agresivos y mesurados para tomar el pulso de la noche que se adentraba en las sierras. De la mano de un repertorio cargado de hits, los mexicanos repitieron la fórmula exitosa de las últimas presentaciones en nuestro territorio que traen al presente entonaciones de protesta y propuesta a la unión latinoamericana, despachándose con juegos de humor en “Amateur” o “Marciano”.
Y les siguió uno de los mejores regresos, que viene confirmando un momento excelente con la presentación de su disco Chances (2012) para remontar años de trayectoria solista y aceptar que Dante Spinetta y Emmanuel Horvilleur juntos hacen la mejor fórmula: Illya Kuryaki and the Valderramas. Chaco nos adentra a territorios sinuosos y con ciertos peligros que nos alertan de ciertos cuidados al andar y toparnos con extraños personajes en “Jaguar House”, mujeres exóticas en “Latin Geisha”, erotismo en los movimientos y relatos de “Jugo”, “Ula ula” y Coolo. También una quietud traicionera nos avanza para seducirnos con la calma en “Expedición al Klama Hama” o el golpe de sensibilidad con “Águila amarilla” para inundar el éter con el néctar spinetteano a un año de su partida.
En compañía de un inusual invitado en guitarra como el basquetbolista Fabricio Oberto, los IKV se tientan a descontrolarlo todo con “Remisero” para concluir con “Abarajame”.

La seguidilla de shows cortos se había terminado para dar lugar a uno de los artistas fuertes de la fecha, aunque yo remarcaría que era el más fuerte. Babasónicos se presentó en el escenario para deslumbrar con su propuesta musical de paisajes rockeros en decadencia seducidos por correntadas de flujos electrónicos, conformando hasta la fecha una de las propuestas más genuinas de la última década en el rock nacional. El cinismo del amor ardiente, tanto que se consume en la lucha sexual de la conciencia y el yo; líricas de Dargelos que endulzan, empalagan e inducen a la adicción de su música y a la cruel abstinencia posterior. Viejos tiempos que vuelven.
La deuda: Las Pastillas del Abuelo.
