Atónito, resulta difícil poder ordenar las impresiones frescas que dejó el prometido y ansiado show de Roger Waters en su primera noche en el estadio de River Plate. Pero mesurando la respiración y las palpitaciones es que el primer recuerdo que se enciende fue mirar a mi alrededor y advertir que me encontraba, incluido yo, en una marea de 45 mil humanos reflexivos e hipnotizados por el mejor espectáculo de rock que pasó por Argentina. Ni más ni menos que la obra de culto The Wall cumplió con todas las expectativas al dar muestras de calidad con la más alta tecnología, contando con proyectores sobre los ladrillos del muro para graficar las texturas sonoras de las piezas floydianas.El paisaje habitual del estadio de River para los conciertos lucía diferente cuando uno ingresaba ya que notaba la presencia de algunos parlantes que, según organizadores, adicionan una mayor apreciación de los efectos de sonido de lo que fue la recreación en el Siglo XXI del album The Wall de Pink Floyd de 1979 en conjunto con las imágenes de la película que dirigió Alan Parker en 1982.
Roger Waters pegó el golpe letal de movida con “In the Flesh?”, dando inicio al espectáculo con sonidos fatales de aviones que parecieran ingresar en el mismo estadio, banderas con los míticos martillos, un avión que se estrella en el muro, explosiones de fuegos artificiales. La recreación del trauma comenzó… Una constante excitación de imágenes que evocan íconos de la cultura del consumo con tipografías tomadas de la gaseosa cola más conocida y deletreando la palabra Capitalism(o). Shock permanente, frases anacrónicas de resistencia y alienación en una cultura de la opulencia que nos coopta y fragmenta.
El exbajista de Pink Floyd supo construir un submundo de imágenes y reflexiones respecto a los temas recurrentes de la película. Por un lado, y el más notorio, fue la representación de la guerra, de la pérdida de los seres amados sean padres, esposos, hijos, hermanos; como también, el respaldo de la realización de las mismas sea por fines económicos, religiosos, políticos, étnicos y que sólo dejan muerte, desolación, ausencias, carencias. Heló la sangre de muchos de los presentes la sensación de que "Pink" (el personaje de la película) empuña una ametralladora y la dispara contra la audiencia o bien, helicópteros que desde su oscuridad avanzan en la persecución, señalando con su luz, la opresión del poder.
El libertinaje, la paranoia, las drogas tuvieron su expresión distendida en excelentes y rockeras interpretaciones de "Young Lust" y "One of my turns", episodio fatìdico del protagonista de la película (Bob Geldof) que estalla en un episodio ira, destrozando todo e incluso a sí mismo.
Otra forma de desgarrar el corazón del público, fue tomar una guitarra acústica e interpretar “Mother”, lo que resultó ser una evocación perfecta sobre un planteo y sumisión a una relación rapazmente de sobreprotección materna.
Waters supo sacar provecho de sus puesta en escena y hacer del muro una idea con varias significaciones: divisiones entre personas, espacio de intervención social, lugar común de ejecución a los desertores de algún tipo de régimen, también como un obstáculo para uno mismo en la realización de uno como persona, en la propia emancipación. Por eso, también recurre a elementos estilísticos en las representaciones en el muro, imágenes quemadas o en stencil que buscan quitar solemnidad a las figuras políticas y escenas alienante o de represión donde lo único verosímil es la sangre.
Intermisión. Se lleva adelante un intervalo de 20 minutos luego de que el muro es sellado en su integridad con cada canción que Waters fue interpretando. Repertorio que se fue respetando siguiendo el desarrollo del filme y emulando con su calidad un sonido perfecto del propio disco floydiano. El británico retomó la performance increpando a la audiencia con “Hey you” y continuar con el momento más sensible, musical y visualmente, con “Comfortably numb”, “In the flesh”(ver video) , "Run like hell”, entre otros. Las banderas del fascismo se envalentonan con el discurso de Waters que con un megáfono dicta las consignas de “Waiting for the Worms”, mientras los martillos marchan alentados por las masas agitando: “Hammer, Hammer”.
Con nueve estadios vendidos y una ganancia de 25 millones de dólares, cabe también observar que no fueron entradas accesibles e inclusivas para acceder a un espectáculo, en el cual muchas de sus críticas se dirigen a este tipo de cuestiones. Habrá que evaluar si esta Watersmanía llevó a The Wall a una victoria o a una gran derrota. Pero esa es otra discusión.
Fotos: Rolling Stone
