El teatro Gran Rex
mantenía un ritmo constante de ingreso de gente para compartir una de las dos
noches que el gran maestro Steve Vai brindó en Buenos Aires en el desenlace de
su gira Story of Light y que llevó al guitarrista a tocar en diferentes
espacios de todo el mundo. De pronto, las luces se secan por la ansiedad, el
humo confunde al público cuando los flashes empiezan a centellear y, en un
juego relámpagos y truenos, emerge la gran figura de la noche. Sin preámbulos y
con un gesto solemne de emperador que saluda a su gente, Vai digitó los
primeros disparos para iniciar con Racing
the World y convencer con argumentos contundentes que podía ser una de las
mejores noches del año.
Por supuesto, esta
conjetura podía ubicarse como una idea verosímil, debido a la talla de este
artista que desempolvó con arrogancia, talento y humor los pergaminos que pavimentan
su carrera: alumno del gran Joe Satriani, parte de la troupe de Frank Zappa
durante 1980 y 1982, integrante de la banda del David Lee Roth luego en
Whitesnake, para convertirse en un referente obligado de cualquier ranking que
pretenda enumerar los mejores músicos de las seis cuerdas. Por ello, desde la
seducción de sus movimientos serpentarios, Vai logró inducir a su público a los
fraseos infinitos de sus dedos para demoler los oídos con la agudeza de Velorum, pieza que ostenta un sonido de
raíz progresiva.
Bajando la
velocidad, el norteamericano frenó la vertiginosidad por un instante para
delinear las notas de un ritmo más blusero en Tender Surrender y continuar esa simbiosis hombre-instrumento en la
que se pudo apreciar el desgarramiento de un ser que somatiza cada uno de los
gritos agudos de su guitarra. De esta forma, se puede prescindir de una voz
para permitir que la canción pueda completarse desde la sensibilidad del
público y pueda arriesgar un viaje en cada tema.
Siempre con su
cuota de humor para agradecer la calidez recibida durante la gira y para
permitirse algunos contactos con el público que conforman postales cómicas de
la noche, el guitarrista disfruta ser el centro y expone un hedonismo en cada
movimiento, en cada despliegue y en un trato de igual a igual con su guitarra
para componer un solo cuerpo. Otra observación permitiría inducir la concepción
del propio Vai como una especie de médium en el que puede entablar algún tipo
contacto con esa instancia astral de la música. A fuerza de un intenso contacto,
fluye en su cuerpo y lo enajena para permitirle a su público dudar sobre la
verdadera fuerza que recorre en cada tema.
El norteamericano
estableció un feeling fantástico con
el público, por el cual se parodió a sí mismo como una deidad de la música para
permitirse jugar y hasta bromear con sus músicos, de manera tal que cada uno de
ellos conformaba un apéndice que respondía con una soberbia precisión. Despojados
de sus oídos, el público se mantuvo en exacerbada devoción que estallaba en
cada reconocimiento de Vai a la calidez local.
El guitarrista
estuvo acompañado por un grupo contundente que se conformó por el bajista
Phillip Bynoe, Jeremy Colson y, en segunda guitarra, Dave Weiner, quienes
tuvieron su momento estelar durante la noche en los que pudieron lucir sus
cualidades. Por ello, hacia el final una noche extensa que duró poco menos de
tres horas, Steve Vai invitó a dos personas del público para que a capella pudiesen componer un tema en
el que la banda debía seguir. El experimento no tuvo los mejores resultados,
pero cabe destacar que el buen sentido del humor del norteamericano condimentó
toda la noche y tuvo este sentido de parodiar la solemnidad de su propia
figura. Y, claro, no es un aspecto menor que el músico haya tenido la
posibilidad de aprender a dominar la guitarra a los 12 años bajo las enseñanzas
de Joe Satriani y que, luego de participar en la banda de Zappa durante los
primeros años de los ochenta, haya podido igualar la talla del sueco Yngwie Malmsteen
para reemplazarlo en Alcatrazz.
La actualidad de
Vai es su último trabajo “Story of light”, que configura una pieza de excelencia
que fue interpretada casi en su totalidad y establece lazos y puentes con otros
temas de su trayectoria de discos como Passion
& Warefare, otro de los álbumes que el músico revisitó a lo largo de la
noche. Hacia el final, no podía faltar la majestuosa y clásica For the Love of God para constituir uno
de los momentos sublimes de la noche en el que Vai desplegó su mística
desenvuelta en los tiempos, en el toque preciso y sensible. Poco después de las
00.30, los corazones se retiraron en gracia luego de rendir adoración a la
leyenda y figura de Steve Vai.
Setlist
Racing the World
Velorum
Building the Church
Tender Surrender
Gravity Storm
The Trillium's Launch
Weeping China Doll
Answers
The Animal
Whispering a Prayer
The Audience is Listening
The Moon and I/Rescue Me or Bury Me
Sisters/Salamanders in the Sun
Treasure Island/Fire Garden Suite II
Drum Solo
The Ultra Zone
Franck
Buil Me a Song
For The Love of God
