El legendario vocalista y flautista de Jethro Tull brindó dos veladas inolvidables en el teatro Gran Rex invitando a todo su público a un viaje a la discografía de esa banda que supo ubicarse en la movida sinfónica allá por los finales de los sesenta y principio de los setenta. Un rock prolijo de músicos con estudios que venía a darle cierto intelectualismo al rock, para muchos aburrido, para otros orgásmico por las representaciones que generan las composiciones que traen historias medievales o paisajes imposibles.
Si bien la formación de Jethro Tull está disuelta, durante toda su carrera Ian Anderson supo fabricar su figura de performer a partir de la puesta en esa escena con su flauta, sus postura, mucha corporalidad y delicadeza en los movimientos para dar ilustración a esas canciones que pueden ir desde el folk rock, rock progresivo o bien extractos celtas que caben en la sangre de este virtuoso escocés.
Este sexagenario virtuoso y brillante músico se animó, a pesar de hoy pertenecer a la insulsa etiqueta de “dinosaurio”, a presentar canciones de un futuro disco, de incierto nombre pero de salida confirmada para marzo del año que viene, lo cual importó poco a los presentes que demandamos canciones de Jethro Tull de discos como Aqualung o Thick as a brick. Para ello, hay que ser agradecido porque hubo un cocktail de todos esos álbumes que además incluyen algunas improvisaciones de músicos que están a la altura de este tipo de rock (y de quien los convoca) como John O'Hara en teclados, Scott Hammon en batería, David Goodier en bajo y Florian Opahle en guitarra.
La fascinación saca el efecto a cualquier tipo de droga, y es que Ian Anderson es el paroxismo de todo eso. Hubo mucho aplauso para suplir la ausencia de palabras que describen a este performer que no precisó pantallas gigantes ni fuegos de artificio.
