No es habitual encontrarse a las criaturas del submundo artístico recorriendo las calles de Palermo, descubriendo sus rostros para congregarse en una celebración pagana a una de los representantes más interesantes de la costa oeste norteamericana: The Residents. Recordados como una de las bandas más misteriosas del mundo del rock, los estadounidenses hicieron su aterrizaje en Niceto para afianzar su proyecto colectivo y salpicar con ideas y propuestas las mentes locales, en un show de una hora y media.
Tres figuras similares a la forma humana y cuyos rostros no han sido descubiertos en cuarenta años de carrera, se apropiaron del escenario, de las miradas y de las palpitaciones de un público local que colmó las localidades y celebró cada quiebre y cada sonido de una de las performance más transgresoras de las escena de San Francisco de mediados de los setenta. Frente a la ansiedad de los espectadores, hacen su ingreso con máscaras cadavéricas Chuck en percusión y Bob en Guitarra quienes hacen un saludo que inicia el ritual que se exaltará con la presencia de Randy quien reencarnará una versión diabólica de un maestro de ceremonia.
En líneas generales, las sensaciones no escapan a aquellas como la provocación, la incomodidad y una libertad sonora que pocas veces puede apreciarse en un show: cada tres o cuatro temas, la esfera posicionada en el medio del escenario impartía imágenes de diferentes satíricas historias de vida desde un carnicero a un maquinista de tren, mientras Randy interactuaba de médium con los espectadores.
Randy, Chuck y Bob fueron los encargados de presentar su obra Shadowland, una nueva propuesta de la banda que se incluye dentro de su amplia variedad de trabajos en material sonoro, fílmico y digital. Dentro de la distancia ente los artistas y el público que se llena de interrogantes como “¿quiénes son los Residents?”, la banda estadounidense reafirma el concepto de mantener su anonimato y dejar que su trabajo hable por ellos, sin seguir lineamientos sino funcionar como un rizoma de ideas y flujos que, de alguna forma, deje huellas y rupturas dentro del mundo del pop.
Ese último trabajo lanzado en marzo de este año, los embarcó en una gira mundial y los llevó a diferentes latitudes en las que jamás se presentaron. Por ello, en esta primera presentación, la banda no brindó dádivas ni concesiones por ser su primera vez y se volcó a bucear por las diferentes atmósferas de Shadowland, logrando intercalar algunas piezas de su vasta discografía como la apertura Rabbit habit de Bunny Boy (2008), They Are The Meat de Wormwood (2008), el clásico Constantinople de Duck Stab/Buster & Glen (1978). Cerca del final se agregaron tres piezas como Easter Woman, My Second Wife y Loss of Innocence de su provocador Commercial Album (1980).
Sin dudas, el magnetismo de The Residents atrajo aquellos admiradores de Frank Zappa, quienes exhibieron sus remeras como código y revitalizaron su hambre experimental en Niceto con una propuesta inigualable que rozó, por momentos, el sonido industrial y adquirió varias veces una tonalidad oscura. Este estilo de banda, junto a otras como Tuxedomoon o Factrix, florecieron en una escena cultural que mixturó la música y el teatro oscuro en San Francisco, una ciudad propensa por herencia a todo tipo de apuestas artísticas.
La provocación y puesta en escena de los estadounidenses, reconocidos dentro del rock como una pieza clave de lo que en los ochenta fue el pospunk, se inmortalizará una vez más en un documental que repasará sus ideas llamado Theory of Obscurity: A Film About The Residents.
