Si de pronto dijera que me sentía un extraño en un show de este estilo, podría llegar a juntar tantas firmas que me podría postular yo solo como centro de estudiantes de una facultad de la UNR. Sin embargo, ver el recital de Carmina Burana, una banda oriunda de la localidad santafesina de Firmat, a quienes si uno intentara etiquetar o clasificar no queda más que apreciar su combo explosivo de ska, punk y reggae.
Al margen de lo que me quisiera abocar en este breve relato, nos ubicamos temporal y espacialmente en relación a que el recital empezó antes de que la banda saliera en escena en conmemoración de sus quince años de carrera.
De pronto ir con amigos y todo el cóctel explosivo que implica hacer un ritual previo a un show, me invita a un mundo de sensaciones diferentes. Distintas percepciones me atraviesan como si mi cuerpo estuviera dividido entre paralelos y longitudes, entré en agenciamiento. La música nos hacía un sujeto único entre los demás espectadores. Bailábamos, recargábamos, bailábamos, recargábamos, reíamos y seguíamos bailando.
Las luces se apagan, sale la banda y mientras el líder se demora, cual virtuoso animador, escucho de la boca de un seguidor el botón detonante: “Quilombooooooooo!!!!!”. El show de la banda comenzó en el escenario y también abajo… el de los cuerpos frenéticos chocándose incesantemente. Intensidades distintas que se apuntaban a lo mismo, diferentes afecciones en cada uno, se las observaba claramente como si fueran inyecciones en sus cuerpos con sus consecuentes movimientos.
Ahora bien, si tengo que ser preciso con la puesta en escena, es demasiado obvio decir que la banda quedar a cargo de Kamono, el cantante, quien despertó la locura de su público acompañados de algunos maniáticos que mientras tocaban sus instrumentos se sumaban a la euforia del galpón 11 incluido yo, simulando ser un mero espectador.
